Diane Arbus es quizás una de las figuras más extrañas y discutidas de la fotografía norteamericana.
Su trabajo es extraño, inquietante, en cierta forma molesto y desagradable. Sus retratos frontales, de cuerpo entero o por el contrario en close-up, muchas veces con un flashazo nocturno que eliminaba por completo al resto del escenario o como luz de relleno en fotografías a pleno día, generaban imágenes aplanadas, sin volumen, que muestran a unos personajes que miran directamente a la cámara y al espectador y a los que no se les hacen concesiones, no hay disimulos ni intentos de disfrazar un mundo que no siempre está bañado por la luz de la hora dorada ni detenido en instantes decisivos.
Arbus pareciese ser ese tipo de fotógrafos que se ama o se odia aunque a mi, en lo personal, me crea sentimientos contradictorios; que mucho de su trabajo me haga sentir incomodo ya de por si es un punto a favor porque, aunque parezca una perogrullada, me hace sentir algo. Por otra parte, en ciertos momentos me invade la duda de si su intención (cosa que también siento con el trabajo de
Mapplethorpe por ejemplo) no será solo el escándalo por el escándalo mismo o si en verdad había un verdadero amor y pasión por este mundo extraño, torcido y marginal, por esos raros protagonistas de un mundo limítrofe, oscuro y subterráneo que muchas veces no vemos o no queremos ver. Arbus tenía además la extraña habilidad de trasladar personas normales y corrientes -un niño jugando a la guerra, una familia paseando un domingo rumbo al parque, un hombre parado en una esquina- a esta frontera entre lo normal y lo desagradable.


Y bueno, justamente están pasando (con prácticamente un año de retraso con respecto al resto del mundo) por las salas de cine del país esta película,
Fur: An Imaginary Portrait of Diane Arbus, título que tras un retorcido giro terminó convertido en
Retrato de una pasión, con Nicole Kidman como Diana Arbus y Robert Downey Jr. como Lionel, un nuevo y misterioso vecino afectado por una enfermedad genética quien se convierte en el detonante que hace a Arbus dedicarse definitivamente a fotografiar ese mundo que ella anhela y al que Lionel le hace introducción. El termino
fur viene a ser
piel, un doble sentido que se descubre en el transcurso de la película y que describe de cierta manera tanto la afección de Lionel como las obsesiones y pasiones de Diane.
Basada en una novela de Patricia Bosworth, no es en realidad una biografía sino más bien, como el mismo subtítulo dice, una retrato imaginario; una adaptación de lo que pudo ser la fascinación que Arbus sentía por esos personajes completamente alejados de su cotidianeidad, su cada vez más creciente deseo de capturarlos y como tomó la decisión de alejarse de esa vida de ama de casa y asistente de su marido para convertirse en una de las fotógrafas más influyentes de EEUU.
La película es lenta, pausada, con mucha atención y detención en los detalles, fotográfica se podría decir. En mi opinión se echa en falta que no profundice más en la vida de Diane (por cierto, se pronuncia
dian) ni en los resultados de su trabajo creador y su visión del mundo.
Como película me gustó, aunque no me atrevería a recomendarla a todo el mundo.